domingo, septiembre 25, 2016

Historias del país que se convirtió en el museo de una ruina

El suplemento Confabulario del periódico El Universal publica hoy mi ensayo "Historias del país que se convirtió en el museo de una ruina", sobre dos novelas de Juan Villoro. El enlace es este.

lunes, septiembre 19, 2016

Elena Garro y los tiempos de la fabulación

La edición virtual de la revista Nexos publica hoy un fragmento de mi prólogo a la Antología de Elena Garro lanzada por Cal y Arena. Este es el enlace.

sábado, septiembre 10, 2016

A quién le importa

La Revista de la Universidad de México acaba de publicar en su número de septiembre mi relato «A quién le importa», una historia de formación en el violento Culiacán de principios de los años noventa. El enlace se encuentra aquí.

viernes, septiembre 02, 2016

Una antología de Elena Garro


Acaba de salir de la imprenta la Antología de Elena Garro en la colección Esenciales del XX, de la editorial Cal y Arena. Es una amplia selección de su dramaturgia, sus cuentos y novelas breves y, además, incluye íntegra una de sus novelas más sorprendentes: Reencuentro de personajes
Este es el índice:


Teatro:
Un hogar sólido
El rey mago
La señora en su balcón
Los perros
El rastro

Cuento:
De La semana de colores (1964)
“La culpa es de los tlaxcaltecas”
“El zapaterito de Guanajuato”
“La semana de colores”
“El día que fuimos perros”
“Antes de la Guerra de Troya”
“Perfecto Luna”

De Andamos huyendo Lola (1980):
“El niño perdido”
“Andamos huyendo Lola”
“Las cuatro moscas”
“Una mujer sin cocina”

De El accidente y otros cuentos inéditos (1997)
“Invitación al campo”
“Luna de miel”

Novela:
Reencuentro de personajes, 1982

Novelas cortas:
Un traje rojo para un duelo, 1996
Un corazón en un bote de basura, 1996
Primer amor, 1996


jueves, septiembre 01, 2016

Hoy hablaré sobre Eça de Queiroz

Hoy daré una charla sobre cuatro novelas de la última etapa José Maria Eça de Queiroz en el ciclo Charlas portuguesas de la Cátedra José Saramago de la Facultad de Filosofía y Letras de a UNAM.


domingo, agosto 14, 2016

Los bárbaros somos nosotros

Hoy se publica, en las páginas del suplemento cultural Confabulario, del periódico El Universal, mi ensayo «Los bárbaros somos nosotros», en torno a algunos aspectos de la obra cuentística del autor mexicano Eduardo Antonio Parra. El enlace es este.

jueves, agosto 11, 2016

Elena Garro

La Revista de la Universidad de México de agosto publica mi ensayo "Entre el poder y la traición", un fragmento de mi prólogo a los Cuentos completos de Elena Garro, que editó Alfaguara hace poco. 

lunes, agosto 08, 2016

Nada hay más bello que―

El primer número de la revista Cruce Riviú, en sus páginas 66 a 68, publica mi texto de narrativa «Nada hay más bello que―». El enlace de la edición en Issuu es este.

Nada hay más bello que—
Geney Beltrán Félix


Se conocieron en una fiesta hace cosa de cuatro años, él la anduvo hostigando, ella sutilmente lo mandó a la chingada. Cuando después de los tequilas ella se dejó ser llevada al baño, ahí cogieron: él se quedó como loco (de fascinado) y la buscó al día siguiente. Luego de unas copas de vino o dos que tres cervezas, se iban al departamento de ella, por la tardenoche. Sus encuentros eran guarros, inmediatos, fluidos. Se dejaban ahí desnudos en el colchón y la luz se iba disfrazando de negrura. A veces hacía ella oír unas palabras sobre si sentiste el temblor de la madrugada, o que hallaron una fosa con más de cien pobres inocentes cerca de San Fernando, y aun con saberse un hombre tan huraño y tan lacónico, nunca supo él de la incomodidad que se forma entre dos cuerpos que sólo tienen sexo y una vez tenido quieren separarse, vestirse, nos vemos. Algo lo llevó a contarle de su infancia, más bien del hermanastro mayor tan maltratado por su madre, o la vez que en un parque se quedó viendo a un anciano sentado en una banca que estiraba los brazos y boqueaba como si nadase en un agua de aire, la gente seguía su curso hasta que llegó un policía a gruñirle ruco qué payasadas son esas. Ah. Se diluía esa tensión de adentro que siempre lo pone en guardia ante los otros, y había para él un olvidarse de lo que el mundo roba grita pide: un puro bienestar se le inmiscuía en el alma de las células y le ablandaba la voz. Claudio no mencionaba nunca a Inés, ella tampoco decía nada de tengo novio, pareja, otro amante.
Y un lunes le llegó el mensaje “Salí de ciudad. Te llamo pronto” (ya llevaban dos meses). Él claro que esperó; y el miércoles ni el jueves llegó nada, y no supo cómo pero lo que antes era un juego (entrar a la compu de Inés y vagar por sitios de autos, de fotos de modelos, masturbarse viendo porno y escribir palabrotas en foros políticos) se le fue volviendo... ¿qué?: se le fue volviendo insoportable. Bajo su piel a la altura del tórax una movediza rata se afilaba los dientes con su oxígeno: e iba a visitar entonces el Muro de Juliana. Ahí leyó el jueves Ando muy resfriada, al día siguiente Me escapé a la playa, regreso el lunes!, luego fotos en una cantina con un tipo treintón: se le veían, a ella, las mejillas rosadas (su actitud de brindis sensualmente feliz). No la llamó. No le escribió. ¿Mostrarse débil, tembloroso? A la semana vio en ese mismo Muro, ahí tan absurdamente a la vista del mundo entero, dos palabras cursis escritas por: por un idiota llamado Tomás Izquierdo. Y ella respondía también te amo Tomi.
Él le escribió un mensaje lleno de hijadeperras y de (pero lo borró antes de enviarlo) quien-te-ama-soy-yo-pinche-traidora. Por celular le invitó a un café, adelgazando lo perentorio en su voz (sonando suave y bienvenido). Ella pospuso en dos, tres ocasiones, hasta que en un café de chinos le contó me enamoré de repente: habían andado ella y Tomás al principio sólo tonteando, pero cuando se dio cuenta de que la cosa iba en serio, decidió alejarse (de Claudio). Era Tomás un colega de la oficina recién contratado. Estaban por irse a vivir juntos (lo dijo con un tono seco y directo). Él le tomó la mano. ¡Hasta le sonrió! “Suerte. Nada hay más bello que”: aunque por dentro era puros celos y coraje: esas palabras tan cursis Nada hay más bello que (lo sabía) eran las correctas, pero también—: puaj. Cuando se levantaron de la mesa ya para salir, él se sentía de la verguísima, como si le hubiese caído un taladro en las tripas y aun así debiera seguir respirando, caminar: sonreír.
Cogía con Inés ahora renovada y furiosamente, pero al poco tiempo vio con susto a los dos Claudios que se hacían señas de guerra dentro de sí: mientras el Claudio-cuerpo desayunaba huevos con machaca y charlaba con Inés sobre una balacera de a tres cuadras —o veía en el metro anuncios de carreras cortas de contaduría, compraba tlacoyos y tomates en el tianguis, o ahí en su trabajo hundía una jeringa en el costado moreno de un adolescente—, el otro Claudio, el Claudio de aire era una mente obsedida por invertir los términos de lo real, y poner la entera vida de Juliana entre esas colchas en las que dormía la carne de Inés, y ver abrirse la voz gozosa de Juliana ahí donde nacía la voz árida y anoréxica del cuerpo soso con el que llevaba dos años viviendo. Ese Claudio ajeno llegaba ciertas noches a provocarle una sensación de aire que no atina a dar con los pulmones, y esto coincidía con una vista nebulosa al buscar sin éxito fijar los contornos de la cómoda la ventana el ropero.
¿Tanto quiso a Juliana, por qué no fue a rogarle ya deja a ese pendejo? Verla al poco tiempo en sus fotos del Muro, feliz abrazada, cada día más gorda, al lado de Tomás, con sus mensajes a un hombre de rasgos tan insulsos (¿qué le veía a ese rostro alargado tan pálido, a su bigotito caguengue?, ¿lo había preferido acaso por ser blanquito?): y un temer irrumpir en ese feliz embarazo con chantajes grotescos. Estaba la envidia: Tomás se expresaba en el Muro feliz con la llegada de un bebé, cuanto que él, Claudio, sí, luego de cada uno de los dos abortos que Inés había tenido, se vio —sin decirlo francamente— dispensado de una carga ya no futura, con todo y que la abrazaba y le decía veremos otro doctor, carajo no es el fin del mundo.
Pero en lo más cierto de sí estaba la desidia de un desencantado: una relación con Juliana sería, cómo negarlo, tan grata y tan nefasta como la suya con Inés (igual, pues, a fin de cuentas); a sus 31 ya no habría nada nuevo porque las mujeres serán para alguien de tundra como él siempre tan las mismas. ¿Para qué matar lo que ya tenía con Inés si en una relación con Juliana todo habría también de lentamente pudrirse en los sucesivos destrozos del futuro?

Y así un buen día decidió borrar de su red a Juliana: para descubrir entonces que ella misma lo había bloqueado acaso en días recientes de su Muro, y esa patada en el culo de su orgullo lo ayudó a estrangular a la testaruda rata de su adentro.

miércoles, julio 27, 2016

El cuento y sus alrededores, con Enrique Serna

Hoy a las 7 pm tendré una charla en torno al género cuentístico, con Enrique Serna, en el Centro Cultural Elena Garro, al sur de la Ciudad de México... Con esta presentación termina el ciclo El cuento y sus alrededores, que empezó a principios de junio.

sábado, julio 16, 2016

sábado, junio 11, 2016

Los cadáveres de la impotencia

La Revista de la Universidad de México publica en su edición de junio un texto crítico de la escritora Cristina Rascón sobre mi novela Cualquier cadáver, Premio Bellas Artes Colima. Aquí está la liga.

viernes, junio 10, 2016

miércoles, mayo 25, 2016

Tres cadáveres de Carlos Fuentes

El sábado pasado, el suplemento El Cultural publicó mi ensayo "Tres cadáveres de Carlos Fuentes". La liga es esta.

martes, mayo 24, 2016

Los expedientes incompletos

La revista Letras Libres de mayo publica mi texto crítico sobre la novela Huesos de San Lorenzo, de Vicente Alfonso. La liga es esta.

domingo, mayo 08, 2016

La orfandad es un país extranjero

El suplemento cultural Confabulario, del periódico El Universal, publica hoy domingo mi ensayo "La orfandad es un país extranjero", sobre algunos aspectos de algunos cuentos del gran Sergio Pitol. El ensayo se puede leer en este enlace.

sábado, mayo 07, 2016

Últimas rebeldías de Elena Garro

Hoy se publica en las páginas del suplemento El Cultural, de La Razón, mi ensayo "Últimas rebeldías de Elena Garro", sobre tres novelas de la autora mexicana publicadas en 1996: Primer amor, Un corazón en un bote de basura y Un traje rojo para un duelo. Aquí está el enlace.

miércoles, abril 13, 2016

La vida horrible

Publiqué este mes, en la revista Este País, un ensayo sobre la cuentística de José Emilio Pacheco, de título "La vida horrible". Se puede leer en este enlace.

miércoles, marzo 30, 2016

Diles que no me filmen


El próximo lunes 4, a las 6:30 pm, estaré en el Centro Cultural Elena Garro, de Educal, en la Ciudad de México, para charlar sobre una adaptación cinematográfica de Pedro Páramo.

Elena Garro, la sublevada


Ya están a la venta en México los Cuentos completos de la grandiosa escritora Elena Garro, cuyo centenario se ha de conmemorar en diciembre próximo. El sello que edita es Alfaguara. El prólogo es mío.

domingo, marzo 27, 2016

Los pasos perdidos de Salvador Elizondo

El suplemento Confabulario, del periódico El Universal, publicó hoy un mi ensayo titulado "Los pasos perdidos de Salvador Elizondo". Este es el enlace.

domingo, marzo 20, 2016

¿Y cómo se vive mejor que sublevado?

La revista Horizontal publicó hace dos días mi ensayo «¿Y cómo se vive mejor que sublevado?», sobre los temas del poder y la migración en el segundo libro de ficción breve de Elena Garro: Andamos huyendo Lola.

viernes, marzo 18, 2016

Saga del héroe nervioso

Allá por el 2007 publiqué en la revista Nexos este ensayo sobre la obra de Sergio Pitol. Lo recupero hoy en el cumpleaños de este autor mexicano. 

SAGA DEL HÉROE NERVIOSO


En el principio fue el narrar. Desde el origen de la historia predomina el relato sobre la reflexión. Primero fue Homero y después Sócrates. Y tan es así que Dios, uno de los más antiguos narradores fantásticos, autor del Génesis —entre otros títulos—, antecede a los primeros críticos y ensayistas: Job, Isaías, Qohélet.
Milenios después, en la obra de Sergio Pitol al principio fue también el relato. Él mismo ha referido la fábula de su formación literaria. Salvo por algunos ensayos sobre literatura, las décadas de los sesenta y setenta disciernen en su trayectoria el predominio de la ficción con varios tomos de cuento y una novela: El tañido de una flauta. Los ochenta fueron los más prolíficos de su narrativa. En 1981, ya casi al doblar el medio siglo de su vida, publicó Nocturno de Bujara, una colección de cuatro relatos excelentes después reeditada como Vals de Mefisto, a la que siguieron Juegos florales, El desfile del amor y Domar a la divina garza. Estos cuatro títulos habrían bastado para darle un sitio irrefutable en la literatura mexicana. Sin embargo, el lector asiduo de Pitol tiende a considerar que su mejor escritura está en el Tríptico Tardío, que se abrió en 1996 con El arte de la fuga, y que conformarían también el breve y delicioso El viaje y El mago de Viena, publicado en 2006.
El lugar común habla de la mixtura de los géneros como el sello de esos tres libros de Pitol. Con todo, aclárese que en varios de los títulos anteriores a El arte de la fuga la escritura o —dicho con un cariz más amplio— la creación constituía el tema central y aceptaba diferentes perspectivas y tratamientos. Pienso no obstante que la virtud del Tríptico Tardío consiste en el hecho de que Pitol se convirtió en esas páginas en el personaje principal, en el héroe nervioso y obsesivo de sí mismo.
Sergio Pitol, por supuesto, no ha sido el primero en mezclar géneros. No sería desmedido afirmar que una costumbre de nuestra época consiste en aplaudir sin reserva las obras en las que las fronteras entre los géneros literarios se han perdido o por lo menos difuminado. No es infrecuente detectar a lectores boquiabiertos ante libros misceláneos, en los cuales uno tropieza, muy gozosamente, con la promiscuidad de apuntes de viaje, narraciones autobiográficas, reflexiones, ensayos, citas, máximas, crónicas, entradas de diario, etcétera. Esos tomos híbridos para nada podrían ser argumentados como una exclusividad de nuestros años posmodernos. El siglo XVIII y el XIX ofrecen algunos ejemplos de prosas hesitantes y multiformes, como el Viaje sentimental de Sterne, Jacques el fatalista de Diderot, Suspiria de profundis de De Quincey, el Viaje alrededor de mi cuarto de Xavier de Maistre o los Viajes por mi tierra del lusitano Almeida Garrett.
Este tipo de obras son aún, sin duda, una excepción. Pues en la actualidad se siguen escribiendo y publicando numerosas novelas que son prístina y decimonónicamente novelas, y ensayos que son argumentaciones bien escritas, bien pensadas y ya. Los ejemplos azarosos de libros híbridos despiertan nuestra admiración y gusto no sólo, cuando es el caso, por su gran calidad literaria sino también porque destacan solitariamente ante la multitud de ensayos y novelas convencionales que, incluso si se trata, en instancias fortuitas, de obras maestras, no concitan un tono trasgresor y sorprendido del aplauso.
Habría que ir más allá: no sólo referir el fenómeno sino hurgar en el porqué de esta inveterada dislocación genérica. Diríase primero: en cuanto linderos, los géneros literarios reconfortan. Dan certidumbre, identifican retóricamente un objetivo, un planteamiento, una oferta social de lectura. Y si los géneros literarios —dicho laxamente— son la expresión política de una época, en la modernidad no habría nada más político y nada más epocal que la novela, el género que vuelve placer la introspección, seducción la crítica, alucinación la necesidad de subversión a través de la escritura. Ha sido además la novela un género voraz y abierto: pues habría de mencionarse que, de la misma forma como se ha apropiado de recursos o pautas del cine o de la música, o de acercamientos del psicoanálisis y el mito, el género de Cervantes ha dado cabida también a una vena ensayística. Autores diversos han convertido sus novelas en foros de discusión de temas de casi todo tipo —estéticos, sociales, filosóficos, políticos—, desde Voltaire, en su faceta de autor de nouvelles, Dostoievsky y Proust hasta Thomas Mann, J.M. Coetzee y Ricardo Piglia. Uno podría muy bien preguntarse: si la novela en su trama admite argumentos y reflexiones, ¿cuál es la necesidad del novelista de saltar de la narrativa a los tomos de ensayo? ¿Es que realmente hay cosas que sólo el ensayo —y no la novela— puede hacer?
Una respuesta posible: el ensayo es también un género invasor y pantagruélico. A diferencia del contrato de lectura propuesto por el narrador y sustentado en la suspensión del juicio, el ensayo, aún sabiéndose o intuyéndose forma antes que idea, precisa de una pátina de respetabilidad que ha venido obteniendo por la presunción de la sustancia. Es decir, las ideas, en un connubio necesarísimo y polémico con el yo. Porque desde los tiempos novicios del género, en el siglo XVI, estas ideas —humanizadas por el yo, agente de la limitación y el charme— han carecido de la profundidad y el hieratismo del tratado y han consistido en argumentaciones sólo posibles.


Bien habría Pitol conocido este fenómeno para discernir al ensayo no sólo como idea. Al dar el salto final de la novela al Tríptico Tardío, tuvo claro que el ensayista puede construir su argumentación a la manera como el narrador cimienta sus ficciones. Sólo que, en vez de edificar un mundo de lógicas ficticias paralelas, el ensayista —pienso en Calasso y en Magris— despliega su ficción argumentativa con base en relaciones incomprobables pero verosímiles entre hechos, conceptos, reflexiones, citas textuales, apuntes cronísticos, datos históricos o tomados de la ciencia, el rumor, la experiencia, la estadística, o sea, cualquier tipo de prueba que pueda ser llamada a participar en la construcción híbrida de un argumento; esto es, de una ficción no del todo cierta pero con un aire de convincente, ya que no de irrefutable.
Añádase la apreciación de que estas prosas mixtas responden a una coyuntura: el escritor no tiene manera de hablar hoy en nombre de una colectividad. Incluso, el surgimiento a fines del siglo XX de obras como las de Sebald o Vila-Matas, de Javier Marías o Kertész, afianza una forma literaria del síndrome de Stirner: una época de individualidad extrema en la que únicamente queda escribir, con el pleno ejemplo de ironía de Laurence Sterne, sobre la circunstancia mínima e inalienable de cada autor.
De este modo, el Museo de la novela de la Eterna de Macedonio Fernández, los Diarios de Witold Gombrowicz, La tumba sin sosiego de Connolly, las Prosas apátridas de Ribeyro, Simiente de Esther Seligson o La invención de la soledad de Paul Auster, o en general varios textos inclasificables, algunos de ellos revindicados por la novela, podrían indicarnos que estamos ante un episodio distinto del género ensayístico en su evolución: su voracidad, instigada por un yo expansivo, le permite invadir los linderos de la ficción o en general apropiarse sin pudor ni desdoro de recursos de la narrativa.
Esta voracidad sería uno de los caminos posibles al ensayista no-filósofo, al académico imposible y tránsfuga, al disertador inexacto. La antinomia hodierna del tratado: el ensayo como ficción. El ensayista como héroe de sí mismo. Como muy oportunamente lo refrendan los textos de Ícaro, la antología recién publicada por la editorial mexicana Almadía, Pitol puso frente al lector su propia individualidad —memoria, creación, criterio— como tema de su escritura y, a la par de prosistas anteriores y coetáneos, anuló el debate de la agrimensura genérica. Su obra, del relato al ensayo, da un testimonio de su existencia y sus oníricas relaciones con la realidad, de la cual la misma literatura es un elemento medular. «Abolido el entorno mundano que durante varias décadas circundó mi vida, desaparecidos de mi visión los escenarios y los personajes que por años me sugirieron el elenco que puebla mis novelas, me vi obligado a transformarme yo mismo en un personaje casi único, lo que tuvo mucho de placentero pero también de perturbador», se lee en El mago de Viena sobre la génesis de El arte de la fuga.

Veamos: sus viajes y estancias en Varsovia, en Roma con las hermanas Zambrano, en la Moscú de Brezhnev, en Barcelona a fines de los sesenta, en Praga antes de la caída del Muro; sus tics y manías de diplomático, su oído sordo, la hipnosis y la muerte temprana de sus padres. Sus amistades literarias, tan venturosas e iluminadoras. Sus lecturas de Joseph Conrad, Gógol, Kusniewicz, Tsvietáieva, muchos más. Resultado: distintos temas y géneros al servicio de una escritura multiforme y hospitalaria. En síntesis: Pitol —nervioso, viajero, melancólico y políglota— es no sólo el personaje emblemático de su obra sino uno de los más entrañables de la literatura actual en lengua española.

miércoles, marzo 16, 2016

Fragmentos de una novela corta

El suplemento Confabulario, del periódico El Universal, publicó el domingo 13 un puñado de fragmentos de mi novela corta inédita No nos vamos a morir mañana. Aquí está el enlace.

domingo, febrero 28, 2016

Una respuesta

Publiqué el 17 de febrero pasado un ensayo de título "Esto es lo que (no) hay: la literatura en el México del 2016", en la revista virtual Horizontal. En el sitio web de la revista Letras Libres, el profesor y escritor Jorge Téllez hizo aparecer, el pasado día 25, un texto, "Stendhal en el parque", en que aborda algunos de los asuntos tratados por mí en aquel ensayo. Me pareció necesario escribir los siguientes comentarios:

El texto de Jorge Téllez incluye tergiversaciones y simplificaciones de lo que yo he escrito. Él afirma que, para resolver el problema de la ausencia de disenso en la literatura mexicana, propongo en “Esto es lo que (no) hay” el nacimiento de un Instituto del Libro. Falso. Lo que sí dije es que un Instituto de Libro sería el mecanismo adecuado para hacer resurgir —no la crítica— la industria editorial mexicana. ¿Por qué la confusión? Me temo que Téllez ve más fácil refutar a un colega caricaturizando sus argumentos.
Lo mismo ocurre en su muy veloz comentario de mi texto “Escribir esta historia es imposible”, sobre los dos libros recientes de cuentos de Gabriel Wolfson, Profesores y Be y Pies. Téllez omite sospesar mi reflexión sobre las condiciones en que se gestaría una ficción con esas características, y las repercusiones políticas que habría de tener; todo lo explica, en cambio, con base en un supuesto prejuicio ante el académico que no sale al parque. Téllez se apresura: antes de juzgar, es necesario analizar los decires ajenos. De fondo hay en este reparo suyo, sospecho, la idea de que la creación contemporánea sólo puede ser desmenuzada de una estricta forma, con unos lentes que, por lo que leo, él supone sólo se entregan en la academia. Pienso en la crítica como un diálogo más amplio y más libre, donde no se requieren doctorados sino argumentos.
El tenor principal de la respuesta de Téllez es la reivindicación de las labores académicas. Para él, si no lo leí con el apresuramiento que él mismo se permite, la reseña ha desaparecido en México porque ha cedido su lugar a los estudios y monografías que salen de los cubículos. Hay dos errores aquí. Uno es: desde hace muchas décadas existen estudios académicos en México; convivieron, de hecho, con el periodismo literario. Lo que sí es innegable es que, mientras la academia en México sigue recibiendo subsidios para fomentar investigaciones como las que Téllez cita, y muchas más, y mientras numerosos mexicanos han podido realizar su carrera y su obra, con merecidos apoyos, en universidades de Estados Unidos, la reseña no ha contado con la misma suerte. Que Téllez se permita la impresionista afirmación de que en mi ensayo hay una “nostalgia” por un mundo perdido, le sirve para validar el actual estado de cosas y no adentrarse, libre de prejuicios, en la exploración del fenómeno. Así, evita enfrentar lo que al fin señalo en “Esto es lo que (no) hay”: que la muerte de la reseña tiene en México causas sistémicas (el mecenazgo y la concentración editorial) y consecuencias sociales y políticas (el nulo diálogo en torno de los libros en la vida del ciudadano de a pie), y que hay una relación entre una comunidad cultural que no discute públicamente sus libros y la dificultad de nuestra sociedad para enfrentar con mayor énfasis crítico la deriva de corrupción y violencia en que se halla el país. ¿Por qué Téllez elude estos temas?
Jorge Téllez también se equivoca en otro aspecto: la reseña y el paper nunca han tenido la misma función. Es ilusorio buscar aquí una dicotomía: no es que los reseñistas de hace cuarenta años sean los profesores de 2016; no es que, si hay academia, no puede haber periodismo literario. Investigación y divulgación se necesitan una a la otra. Porque lo que tenemos ahora es la pérdida de espacios para la difusión y el diálogo libresco en la esfera pública. De hecho, la producción académica conoce la misma suerte de mucha de la literatura mexicana: su escasa o nula circulación fuera del ámbito propio da lugar a que lo verdaderamente valioso de sí difícilmente alcance una repercusión social. Esto se debe, creo, no a una conjura de escritores prejuiciosos contra el medio universitario, sino a un problema estructural que define la ordalía de la cultura de hoy en México, y en lo que nunca será innecesario insistir: tanto el desastre educativo, la falta de librerías y el desabastecimiento de las bibliotecas públicas, como la disposición de un estado mecenas a subsidiar la creación mas no la crítica y los requerimientos de validación universitaria —los de Conacyt en México— que desestimulan la participación de los investigadores en labores de divulgación.
Llama la atención que si Téllez tan económicamente despide a la reseña actual como “impresionista”, “conservadora” o “ambas cosas”, no tenga el mismo ánimo exigente con la producción académica. Cualquier diría, luego de leer su texto, que en ese espacio no hay la menor mediocridad ni complacencia, y que, por citar ejemplos, Liliana Weinberg e Ignacio Sánchez Prado, dos pensadores de lo más lúcidos, son la norma y no, lamentablemente, las excepciones en un panorama, por lo menos en lo que respecta al entorno mexicano, donde no están ausentes las mafias, los plagios y el adocenamiento intelectual.
El camino que toma Téllez es lo menos crítico que hay: la propaganda. Su operación de soltar nombres y acomodar links de ejemplos de trabajo académico actual es un ejercicio de relaciones públicas, pues lo lleva a obviar la exigencia de ofrecer argumentos que sostengan sus elogios. No da más pruebas que sus dichos: la enumeración entusiasta de investigadores y proyectos suple la revisión puntual de cada uno, tarea que, ya entrados en esto, podría él mismo emprender quincenalmente en su bitácora. El trabajo de Oswaldo Zavala, de Tumbona o de Sur + saldría ganando si, más que blurbs apresurados que a muy poco comprometen, recibieran un examen más detenido. El crítico, sea del gremio que sea, nunca debe volverse un publicista; por más encomiables que nos parezcan, y sean, las intenciones de una editorial independiente o un proyecto de investigación, la mayor muestra de respeto que les debemos es, siempre, leerlos con distancia y rigor, sin condescendientes palmaditas en la espalda.
Curiosa forma de refutar mi ensayo la que encuentra Téllez: dándome la razón. En mi ensayo señalo esa camaradería, ese campamento de boy scouts en que se ha convertido el medio literario de México; Téllez me hace creer que esa misma camaradería sonriente parece estar campeando en las parcelas de la academia por las que él transita.

lunes, febrero 22, 2016

Escribir esta historia es imposible

La revista Letras Libres publica este mes un mi texto crítico sobre dos libros de relatos de Gabriel Wolfson: Be y Pies y Profesores. El enlace está aquí.

miércoles, febrero 17, 2016

Esto es lo que (no) hay

La revista Horizontal publica hoy mi ensayo «Esto es lo que (no) hay», sobre la situación social de la literatura en el México del 2016. La liga es esta.

martes, febrero 16, 2016

A 80 años del estallido de la Guerra Civil, un acercamiento a lo mejor de la literatura española, en la Feria de Minería

La Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería está por empezar. Por cuarto año, la Feria organiza el ciclo Los Críticos Recomiendan, en que un grupo de especialistas de la disciplina literaria dialogan con los asistentes sobre qué leer y por qué. Este año, el tema del ciclo es la literatura de España, con motivo de los 80 años del inicio de la Guerra Civil.

Las mesas son las siguientes:

VIERNES 19 DE FEBRERO DE 17:00 A 17:45 HRS. 
Mesa redonda: Qué leer sobre la Guerra Civil Española. Participan: Vicente Alfonso, Armando González Torres, Guillermo Vega Zaragoza.  AUDITORIO SEIS.

DOMINGO 21 DE FEBRERO DE 16:00 A 17:30 HRS. 
Mesa redonda: Obras de las escritoras españolas más destacadas. Participan: Alma Delia Miranda Aguilar, Iliana Olmedo, Ingrid Solana. SALÓN MANUEL TOLSÁ.

VIERNES 26 DE FEBRERO 17:00 A 18:30 HRS.  
Mesa redonda: Poesía española del siglo XX: sus libros más importantes. Participan: Juan Pablo Muñoz Covarrubias, Fernando Fernández, Francisco Meza Sánchez. AUDITORIO CINCO.

SÁBADO 27 DE FEBRERO DE 16:00 A 16:45 HRS.  Mesa redonda: Obras notables de los autores del Exilio Español.  Participan: Lourdes Franco e Iliana OlmedoSALÓN EL CABALLITO.

DOMINGO 28 DE FEBRERO DE 17:00 A 18:30 HRS. Mesa redonda: Grandes obras de ficción de España después de la Guerra Civil. Participan: Hugo Enrique del Castillo, Blanca Estela Treviño y José María Villarías. SALÓN MANUEL TOLSÁ.

sábado, febrero 06, 2016

El arte soy yo

Hoy se publica mi ensayo "El arte soy yo: Juan Vicente Melo y la disolución", en el suplemento El Cultural. El próximo día 9 se cumplirán 20 años de la muerte del autor de La obediencia nocturna. Aquí está el enlace.

miércoles, enero 20, 2016

La pérdida de los hijos

La poeta Karen Villeda ha escrito un texto crítico de mi novela Cualquier cadáver para la revista Nexos. El texto se puede leer aquí.

domingo, enero 10, 2016

Los rostros de la intemperie

Escribí un ensayo sobre la obra cuentística de Elena Poniatowska. Se publica hoy en el suplemento Confabulario, del periódico El Universal. El enlace está aquí mero.

lunes, diciembre 14, 2015

Sessant’anni di Pedro Páramo

Mi ensayo "No se puede contra lo que no se puede", sobre la obra de Juan Rulfo, acaba de ser traducido al italiano para el sitio Sotto il vulcano, de Edizioni Sur. Aquí está el enlace.

domingo, diciembre 13, 2015

El caos de adentro

Este martes 15 se le entregará la Medalla de Oro de Bellas Artes a la cuentista Amparo Dávila (Zacatecas, 1928). Escribí un ensayo sobre las aristas del terror psicológico que se encuentra en sus páginas. Este ensayo apareció hoy en el suplemento cultural Confabulario, del periódico El Universal. El enlace está aquí.

jueves, diciembre 03, 2015

Los días se tocaban con las puntas de los dedos

Escribí un ensayo sobre La semana de colores, el deslumbrante libro de debut de Elena Garro en la ficción breve, para la revista Este País. Tan sesudas reflexiones se pueden leer en este enlace.

lunes, noviembre 23, 2015

Ese susto que da el andar matando

El 17 de septiembre pasado falleció el cuentista mexicano Eraclio Zepeda. En torno de su primer y gran libro, Benzulul, y de su tratamiento de la masculinidad, escribí un ensayo que acaba de aparecer en las páginas 24 a 26 de la revista Timonel (número 19). La revista completa se encuentra en este enlace

Ese susto que da el andar matando
Geney Beltrán Félix


“Honrado soy y quiero seguir así. Hombre de ley fui, y no quiero condenarme más”, dice Primitivo Barragán luego de asesinar a su suegro y a dos policías. Aunque ha actuado en defensa propia, el campesino del pueblo chiapaneco de Jitotol pierde el respeto y los miramientos de su esposa y los vecinos. Así se nos hace saber, con una expresión reiterativa reminiscente de la oralidad: “Ya no había amigos ni compadres. Ya no había aguardiente en la tienda de don Joaquín. Ya no había amor en los brazos de la Eugenia. Ya no había nada”.
A pesar de su benévolo propósito de enmienda, Primitivo, conocido como El Caguamo, al poco tiempo asesina bestialmente a su mujer, prende fuego a su casa, mata a sus animales y huye a la selva. “No quiero volver a hacerlo”, se dice dos años después de los hechos atroces, cuando ya vive en lo profundo de la selva, diligente en la siembra de maíz y alejado de sus conocidos. “Ese sudor pegajoso y la sangre rebotando como piedras; ese susto que da el andar matando no quiero volverlo a sentir. Que me dejen quieto. Que me dejen solo y  seguiré siendo hombre bueno”.
“El Caguamo” es uno de los cuentos que integran Benzulul, el primer libro de ficción publicado, a los 22 años de edad, por el escritor mexicano Eraclio Zepeda, quien falleció el 17 de septiembre pasado. La historia de Primitivo se narra en un puñado de veinte páginas, y es en esa breve distancia en la que Zepeda construye un personaje contradictorio, casi propio de una novela. ¿Qué tenemos aquí? ¿Es El Caguamo un asesino despiadado incapaz de revisar su propia conducta y que con descaro se sigue viendo a sí mismo como “un hombre bueno”? ¿Es un títere en las manos de un destino contrario e indefectible que lo persigue hasta hacerlo sacar de sí lo más feroz de la naturaleza humana?
Benzulul apareció en 1959, en el sello de la Universidad Veracruzana, durante una época de notable vitalidad y renovación en las letras mexicanas. Tan sólo seis años antes había salido de las prensas la primera edición de El Llano en llamas. Es en esta vena regionalista, resuelta de manera canónica por Juan Rulfo, en la que se ubica el libro de debut del autor nacido en 1937 en Tuxtla Gutiérrez. Zepeda confiere a sus ficciones un aliento de reivindicación del terruño, pues Benzulul tiene como unidad, en primer término, la geografía: se trata de una serie de textos narrativos sobre la vida rural chiapaneca, en un panorama de tiempo impreciso pero que abarcaría distintos momentos de la primera mitad del siglo XX.
Visto en conjunto, Benzulul es una galería de la violencia, en más de una instancia con un sustrato de racismo. Sus páginas cuentan fusilamientos, ejecuciones, venganzas y emboscadas a sangre fría, así como casos de violencia de género, como el uxoricidio de una mujer que ha decidido abortar, la violación de una muchacha indígena. En este entorno la agresión forma parte sin más de la existencia, y por eso no es infrecuente que el simple sobrevivir se afirme por una doble dinámica de ataque o huida, afín al pasado reptil de la especie.
El Chiapas profundo que se dibuja en estas páginas luce los atributos de un universo cerrado, provisto de casi nulos roces con el orbe exterior. Si bien hay personajes andariegos, que hacen del desplazamiento y la curiosidad inquietudes esenciales de su existir (“El estar caminando era su vida, Juan Rodríguez Benzulul conocía de memoria todos estos rumbos”, se lee en el segundo párrafo del texto con que abre el volumen), el libro da fe de una tierra con vocación o condena de aislada, en la cual los vecinos, los conocidos, las personas más cercanas se vuelven así los más probables enemigos.
Podría afirmarse por esto que Benzulul no esboza una revisión crítica de las raíces de la violencia. Al concentrar las pulsiones de barbarie en el contexto más inmediato, Benzulul daría una visión incompleta de las fuerzas sociales y políticas que han definido el devenir expoliado y agredido del estado sureño. Zepeda habría trasladado la causa de tanta sangre derramada no a circunstancias históricas definidas, como la explotación, la impunidad y la miseria, sino a la salvedad de los atavismos, en un movimiento de interpretación indulgentemente conservador. Sin embargo, sería también posible concluir que la omisión de las conductas enemigas que habría tomado el poder foráneo en este retrato del Chiapas recóndito no sería sino la más congruente formulación con el que se traduce el olvido que los gobiernos centrales han mostrado y muestran ante estos pueblos, pues el alejamiento de las instituciones del estado sólo se rompe cuando sus agentes son enviados para castigar sin el menor respeto a la ley, como ocurre en una de las narraciones, “Quien dice verdad”, en la que una cuadrilla de policías de Ciudad Real, la actual San Cristóbal de Las Casas, irrumpe en un pueblo para cometer la ejecución extrajudicial de un indio.
Ensimismado, con las crueldades nacidas y lanzadas contra sus propios habitantes, el Chiapas de Benzulul presenta a personajes espesamente vinculados con la naturaleza. No hay contradicción, por supuesto, pues la naturaleza es, a diferencia de los seres humanos, generosa; no son estos los estériles campos de Jalisco descritos por las famélicas voces que hablan en las obras de Juan Rulfo. Así, en Benzulul los trabajos de la tierra se vuelven la norma de vida, la fuente del sustento y el sentido de identidad. De un personaje se nos dice que “no olvidó nunca el buen sudor, oloroso a abono, que corre por la espalda con el esfuerzo de la tierra”. Hasta el ejemplo más vagabundo del reparto, un hombre llamado Patrocino Tipá, llega a un punto en que siente el anhelo de hacerse de una milpa y tener familia. Este empeño campirano conforma una dicción, una sintaxis y una visión del mundo dictada por el vínculo umbilical con la tierra.
Las descripciones del medio natural se encuentran aquí y allá, a menudo con una mirada que le descubre a lo inanimado y a lo no humano una voluntad, un poder de la conciencia. “A esa hora ya las moscas están buscando acomodo. Ya no molestan con su manía de pararse  en la cara de la gente”. En otra parte se habla de “uno de esos matorrales que se han cambiado a la orilla del río porque ya conocen la época de secas”. No es raro por eso que incluso el machismo acuda a la imaginería animal para sus enunciaciones. De la juventud y el deseo sexual de una joven se dice, traduciendo con el expediente del discurso indirecto libre la perspectiva de un varón de edad mayor: “Era una molestia que la Eugenia se hubiera ido así nada más, sin avisar, como si fuera una gallina que ya le anda por hallar al gallo. Era cosa muy de ver que la Eugenia quería hombre. Su natural se lo exigía. Ya estaba reventándose”.
Otro de los rasgos que afianzan el temple reciamente rural del libro es la expresión de una oralidad que no sólo se manifiesta en el verismo localista del léxico sino en las estructuras mismas de la narración. Destacan los usos provenientes del cuento tradicional, como la prolepsis en resumen, la construcción anafórica y la repetición enfática. Sin embargo, no es esta una ficción tradicionalista ni costumbrista; la conciencia irremisiblemente moderna de Zepeda lo lleva a concentrarse en la dislocación interior de la conciencia, debido a los conflictos entre la conducta y la moral, y, por otro lado, a dar a su estilo un pulimento expresivo con la ambición de hacer de sus historias un puente entre el pasado oral del terruño y la naturaleza occidental, letrada, y por eso de aspiración perdurable, del fenómeno que llamamos “escritura literaria”.
El primer párrafo de “Patrocinio Tipá”, salido de la voz del protagonista, encierra de forma paradigmática los caudales de la oralidad discernibles en Benzulul:
“—Todo iba muy bien. Todo caminaba. La risa igual que la sangre caminaba. Pero aluego fue cuando nos cayó la sal. Todo se empezó a descomponer. Yo ya lo tenía completo mi deseo: había tierra, había agua, había dos hijos; los dientes de las mazorcas estaban ya como avisando. Pero todo se echó a perder. Vino el mal y hubo que salir corriendo”.
El cuento erige su diégesis alternando las voces de un narrador omnisciente, dedicado a desplegar, a veces con distancia, la cadena de los sucesos, y la del protagonista, que —como se ve en las líneas citadas— les otorga un espesor emotivo. Así, por ejemplo, cuando la viruela ataca a la familia de Tipá, matando primero a la suegra y después al hijo, el narrador consigna: “El Floreanito se murió a la semana”, e de inmediato Patrocinio abunda: “—Yo, palabra, lloré sobre mi hijito. Ni vergüenza me da contarlo”.
Este último ejemplo da la pauta para el examen del rasgo que considero más revelador de Benzulul. Habría primero que hacer la advertencia de que se trata un libro protagonizado apabullantemente por varones (como lo revelan de entrada los títulos de varios de los cuentos: “Benzulul”, “El Caguamo”, “El mudo”, “Patrocinio Tipá”) y, como consecuencia, en más de un caso sufrido por las mujeres. También, no está de más reiterar que la voluntad viril usualmente se inserta en las potestades de la violencia, la ira y la venganza.
Paralelamente a esas realidades, el primer libro de Zepeda no se guarda la representación de otra forma del ser masculino, uno señalada por los moldes de la vulnerabilidad. Como acepta Patrocinio al recordar la muerte de su hijo (“Ni vergüenza me da contarlo”), hay varios casos de hombres que renuncian parcialmente al código machista que exige una espartana asepsia de las emociones. Un personaje acepta mostrarse cobarde, invadido paralizantemente por el miedo; me refiero al tembloroso adolescente, un novicio revolucionario, que huye de la batalla en “La Cañada del Principio”, desoyendo las exigencias de arrojo que le ha promovido un compañero de armas ya muy experimentado en la emboscada y el pillaje. Hay, de igual modo, quien ve menoscabados su hombría y su sentido de la valía personal al compararse con el déspota del pueblo; es el caso de Juan Rodríguez Benzulul, protagonista del primer relato, quien se aleja temeroso al escuchar los ruidos que salen de un camposanto y se rehúsa a tener descendencia para no transmitir la nulidad que experimenta cada día. Hay, también, quien se deja fluir en el arroyo del arrepentimiento y del duelo; así ocurre con el entristecido narrador de “No se asombre, sargento”, que a la par de que atiende al padre agonizante a lo largo de varios días, busca los momentos en que pueda esconderse para soltar el llanto; en su recuento el hombre deja constancia de la aflicción que significa buscar la serenidad en medio del dolor más punzante. Conviene advertir que esta forma emocional de lo masculino se sabe reprobada ante los ojos del viejo estatuto de la virilidad que encarnan los padres y los ancestros; a pesar de eso, esta sensibilidad se revela como una ampliación y no como una negación de los rangos propios, esperables, de la hombría.
Benzulul, así, ofrece las visiones de esta virilidad sensible como la contracara de la fuerza machista y agresiva. El caso más emblemático es, precisamente, el del personaje con cuya historia empecé este ensayo: El Caguamo. Orillado por las circunstancias adversas y por un temperamento irascible que no aprende a domeñar, asesina a tres hombres y a su mujer. Hay en él un ser interior que se divide entre el remordimiento y la negación: su vida, piensa, podría haber sido otra, una buena y honrada, y el castigo de las leyes no contempla esas derivaciones alternas que el destino negó. Ha provocado daño, y al mismo tiempo sufre de un ímpetu de contrición que lo lleva a castigarse mediante el aislamiento.
La raíz de esta contradicción entre dos tenores encendidamente opuestos (lastimar y sufrir) se encuentra en el horizonte ético que varias de las narraciones exponen. Aunque Benzulul hace ver un Chiapas alejado del orbe citadino y su amasijo de leyes y convenciones civilizatorias, no significa que carezca de sus nociones de la moral: aquí rige un dictado ancestral de lo correcto y lo incorrecto, de lo humano y lo inhumano. La ruptura de estos cánones provoca en los asesinos un quiebre interior, pues el respeto de la otredad se halla vivamente establecido en la visión del mundo en que han sido educados por su comunidad. Este quiebre es lo que provoca en El Caguamo “ese susto que da el andar matando”.
El cuento “Quien dice verdad” hace explícita la moral de Benzulul. Su primer párrafo es este: “—Quien dice verdá tiene la boca fresca como si masticara hojitas de hierbabuena, y tiene los dientes limpios, blancos, porque no hay lodo en su corazón —decía el viejo tata Juan”. Luego se narra la historia de Sebastián Pérez Tul, un indio que ha matado a un ladino, comerciante criollo de Ciudad Real, en venganza —este había violado a su hija—. En paralelo al devenir de Sebastián se van consignando los apotegmas del tata Juan, depositario de la ley antigua: “—Aquel que hiere debe ser herido, y aquel que cura debe ser curado, y el que es matador debe ser matado, y el que perdona debe ser olvidado en sus faltas. Pero aquel que hace daño y huye, no tiene amor en su espalda, y hay espinas en sus párpados y el suelo le causa dolor y ya no puede volver a cantar…”
Ese dictado retribucionista tiene un nombre: es la ley del talión, otra pervivencia del pasado en el mundo-puente de Benzulul. Por el conocimiento que tiene de estas sentencias, Sebastián se niega a huir de su pueblo. Él —a diferencia de El Caguamo, que se resiste,  mata a dos policías y escapa— no sólo permanece en espera de ser detenido, sino que desoye las advertencias de sus vecinos y amigos, quienes le hacen recordar la catadura racista del aparato legal urbano. Lo contradictorio es que, apenas llegando, los policías deciden asesinar a Sebastián; al ser indio, no lo consideran digno de ser entregado a los jueces en la ciudad. Es decir, la ley del talión le es aplicada a Sebastián no por su comunidad sino por los representantes de la civilización. El dictamen sobre las relaciones entre el pasado rural y el presente urbano, entre la ley antigua y la ley moderna, es pesimista por entero: ¿cómo no habrán de preferir los personajes de Benzulul perseverar en su vida aislada?

Fue Eraclio Zepeda quien en cambio sí salió del campo chiapaneco; luego de Benzulul su cuentística se volvió viajera. En 1975 publicó su segunda recopilación de ficción breve: Asalto nocturno, con relatos, algunos de ellos signados por un juguetón humor satírico, que lo mismo van a la costa que a la ciudad de México, China, Cuba… Y aunque en sus últimos años el autor dedicó una tetralogía novelística a la historia de su tierra, lo cierto es que no volvió a forjar con el elocuente poderío de su joven madurez literaria las complejas estampas de varones divididos entre la violencia y la contrición, entre el atavismo y la sensibilidad. Vehemente clásico de las letras mexicanas, Benzulul se demostró una experiencia irrepetible.

domingo, noviembre 22, 2015

Sada, carrilludo

Daniel Sada, el gran autor mexicano, falleció el 18 de noviembre de 2011, hace, pues, cuatro años. Escribí un breve apunte sobre los atributos de su peculiar voz narrativa, a partir de una relectura de su cuentística, con especial interés en su extraordinario libro Registro de causantes (1992). El ensayo lo publica hoy el suplemento Confabulario, del periódico El Universal.

sábado, noviembre 14, 2015

La cuentista que vino de Eldorado

Acaban de cumplirse 50 años de la publicación de La señal, el primer y mejor libro de cuentos de la extraordinaria Inés Arredondo (1928-1989). Escribí un ensayo sobre algunos rasgos de su escritura. Apareció hoy en el suplemento El Cultural del periódico La Razón. Aquí está el enlace.

jueves, octubre 29, 2015

En Odessa, Texas


Estuve en la University of Texas-PB el martes pasado para dar una conferencia sobre narrativa mexicana y sus vínculos con la cultura estadounidense en los últimos 60 años: «The Third Generation of Americans Born in Mexico». Esta conferencia, patrocinada por el Odessa Council for the Arts and Humanities y organizada por el Departamento de Spanish y el doctor Antonio Moreno, fue en el auditorio de la J. Conrad Dunagan Library, muy cerca por cierto de bullentes pozos petrolíferos. Aquí en la foto de abajo se ve al moderador, el doctor Todd Richardson.




El corazón y el cuerpo están muy cerca

El domingo pasado, el suplemento Confabulario del periódico El Universal publicó mi ensayo «El corazón y el cuerpo están muy cerca», sobre la obra cuentística del autor mexicano Héctor Manjarrez, quien ayer cumplió 70 años de edad. El enlace está aquí.

viernes, octubre 23, 2015

Cualquier cadáver, elegido el mejor libro de narrativa publicado en México en 2014

Mi novela Cualquier cadáver, que apareció en abril de 2014, ha recibido hoy el Premio Bellas Artes Colima a la mejor obra de narrativa publicada en México el año pasado. Más información, aquí.

Para leer un fragmento de la novela, ir a este enlace.
Para ver cómo le ha ido a Cualquier cadáver con algunas voces críticas, hay que ir a esta página.
Algunas entrevistas en que hablé de esta novela se encuentran aquí, aquí también, por acá, en esta revista, aquí en video, acá también...



jueves, octubre 22, 2015

De viva voz o de puño y letra

de-puno-y-letra

El número octubre-noviembre de la revista Buensalvaje, en su edición mexicana, publica en su página 6 mi breve comentario de la novela De puño y letra (Cal y Arena), del talentoso escritor mexicano Luis Arturo Ramos, increíblemente poco valorado a pesar de su muy brillante trayectoria en el campo de la ficción. 

De viva voz
Geney Beltrán Félix

De puño y letra se titula la última obra, aún inédita, de Orlando Pascacio, el más grande escritor mexicano contemporáneo. Instalado en la cumbre del poder cultural, Pascacio muere de un infarto. A los pocos días, el detective Bayardo Arizpe es contratado por la viuda: el único mecanoescrito de De puño y letra está desaparecido y él debe encontrarlo. Esta es la premisa de la nueva obra de Luis Arturo Ramos, que inicia como una novela policial y se convierte en una inteligente reflexión sobre los vínculos de la cultura y el poder.
Merced a un narrador omnisciente de pulso firme y seguro, y con una prosa al mismo tiempo precisa y flexible, Ramos se concentra en las pesquisas de Bayardo, quien así conoce y entrevista a los cercanos del poeta. Uno de los retos es hacer creíble cómo, con el desarrollo tecnológico del siglo xxi y considerando la estatura literaria del autor, sólo exista una copia de la obra inédita. La novela resuelve con agudeza el anacronismo en las costumbres escriturales de Pascacio. El título del libro, De puño y letra, involucra una falsedad: el poeta no escribe. Dicta. Su dictado es transcrito por su secretaria, amante y confidente. La trama se desmenuza a partir de la muerte de esta mujer y la desaparición de los casets que tienen la voz viva del autor con el contenido inalterado de su obra.
El detective —quien es un poeta medio secreto y traficante de libros antiguos— se mueve en la ciudad de México, entre la Zona Rosa y la Colonia del Valle, entornos que la voz narrativa recupera vívidamente sin apabullar con el dato cronístico. Por otro lado, la novela tiene la sabiduría de no quedarse sólo en un ejercicio de sátira con el que ajustar cuentas con la fauna literaria. Aunque algunos personajes son caricaturescos, la novela nunca los pierde de vista como seres dominados por intereses, rencores, frustraciones. Por esto la trama consigue aumentar el interés en el devenir de los personajes.
Orlando Pascacio es una ausencia de permanente relieve (cuando la novela empieza él ya ha muerto): no es una caricatura de Octavio Paz sino un recurso para trazar con perspicacia un panorama sobre las relaciones de la poesía con el poder. Una de las aristas más alarmantes de De puño y letra tiene que ver con las presiones políticas que rigen la validación literaria: un gran escritor muerto puede terminar elogiando, contra su voluntad, a poetas mediocres y ninguneando a otros de valía. En un país como este el poder cultural es capaz de trastocar el juicio crítico hasta de los mayores prohombres: ante tantas catástrofes anunciadas en los periódicos, y ante un público desinteresado en la literatura, alterar un manuscrito es un delito insignificante.
En una novela de corte clásico que siempre exhibe vitalidad, Ramos desarrolla una estructura que se vuelve elocuente por lo que apenas sugiere: las intrigas de los conspiradores. No se trata sólo de un ardid de la ficción policial, sino de una forma narrativa que en sí comporta una declaración política, desesperanzada: la actuación de estos “enemigos de la literatura” siempre se quedan en las sombras, y sólo un detective imaginario podría desenmascararlos.

Luis Arturo Ramos, De puño y letra, Cal y Arena, México, 2015.

domingo, septiembre 13, 2015

¿Qué vínculo podía haber entre la derrota del padre y el rencor del hijo?

El suplemento cultural Confabulario, del periódico El Universal, publicó el domingo pasado, día 6, mi texto «Rencor del hijo, derrota del padre», en su sección Ficciones. Este texto, una mezcla de ensayo y cuento, una ficción autobiográfica y ensayística, pues, forma parte del libro Crítica y rencor que acaba de publicar la editorial Cuadrivio.

domingo, agosto 16, 2015

Crítica y rencor

La Editorial Cuadrivio acaba de publicar el libro colectivo Crítica y rencor, en que se incluye mi texto «Rencor del hijo, derrota del padre».

martes, agosto 11, 2015

Caminos que se bifurcan


Acaba de aparecer el libro Caminos que se bifurcan. Es una antología realizada por Ernestina Yépiz, en que se incluyen textos narrativos de autores del noroeste de México. Está aquí mi cuento "Sara antes del fuego", de Habla de lo que sabes. El editor es el Instituto Sinaloense de Cultura.


jueves, julio 23, 2015

Visión de víscera

Este mes se publica en la revista Letras Libres mi texto crítico "Visión de víscera", sobre el libro Fierros bajo el agua, de Guillermo Arreola. El enlace, aquí.

domingo, julio 12, 2015

Ensayistas

Ayer sábado se publicó, en el suplemento El Cultural, de La Razón, un artículo de revisión sobre el ensayo mexicano en los últimos 15 años. El enlace está aquí.

martes, julio 07, 2015

CCXXVIII

Pocas cosas unen mejor y más rápidamente a personas desconocidas entre sí que el odio a alguien fácil de odiar.

domingo, julio 05, 2015

El viaje hacia la otredad

El suplemento Confabulario, del periódico El Universal, publicó hoy mi texto crítico sobre el primer tomo de las Obras completas de Francisco Tario. Se puede leer en este enlace.

domingo, junio 28, 2015

No se puede contra lo que no se puede

Publiqué en la revista Horizontal hace pocos días mi ensayo "No se puede contra lo que no se puede", sobre la narrativa de Juan Rulfo, por los 60 años de la publicación de Pedro Páramo. El enlace está aquí. 

martes, junio 09, 2015

CCXXVII

Acaso la raíz de nuestra incomprensión y perplejidad ante la política se halla en el hecho de que para los políticos gobernar a un pueblo exige tenerle un irrevocable desprecio.

miércoles, abril 29, 2015

Ver criaturas y no cosas

La revista Letras Libres de abril publica mi ensayo «Ver criaturas y no cosas», sobre la ficción breve de Fabio Morábito. El enlace está aquí.

lunes, abril 20, 2015

Los hijos no existen

Una reflexión sobre las relaciones familiares en Cien años de soledad, ayer en el suplemento Confabulario: ir a este enlace.

domingo, abril 05, 2015

Los rivales en el inframundo

Escribí un comentario sobre el libro de cuentos El apocalipsis (todo incluido), de Juan Villoro, en el suplemento cultural Confabulario del periódico El Universal. El enlace está aquí.

domingo, marzo 15, 2015

Jesús Ramón Ibarra escribe sobre Cualquier cadáver

El poeta Jesús Ramón Ibarra ha escrito un texto crítico de mi novela Cualquier cadáver para la nueva revista Aldea 21. El enlace está aquí.

Cualquier cadáver
Jesús Ramón Ibarra

¿De qué manera salvaguardar el presente mexicano, ese territorio donde laten el cinismo del poder, la fiesta permanente del crimen, el pueblo ejerciendo su derecho histórico a la dejadez o a la ilusión colectiva encarnada en caudillos, políticos mendaces o mandatarios de catálogo? ¿No ha sido la literatura reciente mexicana el mejor bastión para que esa realidad se disuelva en las posibilidades de un lenguaje transgresivo, un lenguaje que busque sus asideros discursivos en los registros cotidianos, un lenguaje que dimensione la sonoridad de sus propias búsquedas? Imposible narrar el presente con elegancia, con una dimensión clásica de la escritura, con una lírica cuyo andamiaje sea la abstracción vacía.  Se trata, como pide Imre Kertesz, de registrar los últimos estertores.  
Hacia finales del sexenio pasado, bajo una gestión generosa del poeta Jorge Esquinca, salió a la luz el libro colectivo País de sangre y fuego, una colección de poemas cuyo tema central era la patria diezmada, la nación disgregada entre la versión oficial y los rastros de la sangre doméstica. Fue un meritorio ejercicio que impugnaba, a través de textos de diversa factura, la estrategia fallida de Felipe Calderón contra el crimen organizado. Sin embargo, la guerra de Calderón, extendida a lo largo y ancho del país, se concentraba en tres nociones distinguibles: el aparato gubernamental, con sus abusos de poder, sus usted disculpe y sus altos niveles de corrupción; los cárteles de la droga en México, sus disputas, la aniquilación del entorno a golpe de presunción y ejecuciones, sus múltiples caras: la extorsión, el comercio ilegal, el secuestro. La sociedad civil, agazapada, apocada, sierva de un hartazgo no manifiesto que le permite aspirar, cada tres o seis años, a esa entelequia llamada cambio. Se trata de un ciclo eterno. De una gigantesca rueda trituradora cuyos alcances no tienen fin. 
¿Han cambiado las cosas desde entonces? No. Al contrario, se han recrudecido. El crimen organizado es más fuerte. Los homicidios culposos duplican las cifras del sexenio de Calderón; el secuestro, los feminicidios, la violación de los derechos humanos, la relación cruenta del crimen organizado con la política no ha hecho sino perfeccionar el régimen de desconfianza y miedo en el que vivimos nomás rebasamos la puerta de nuestra casa, o entramos en ella. Así pues, esta realidad se ha vuelto más sórdida pero también más frívola. Las redes sociales no han hecho sino reestructurar, a su manera caprichosa, la desinformación, el horror colectivo, la indignación social y la intolerancia. Todos hemos hecho la revolución desde la apacible comodidad del hogar, con un like o un selfie de hastío. 
Así pues, sólo una narrativa elaborada desde la entraña puede asentar sus búsquedas en esos terriorios de la incordia, la desazón, la imposibilidad de sobrevivir a las sútiles formas de barbarie que impone el entorno. Eso hace Geney Beltrán en su valiente novela Cualquier cadáver. 
En primera instancia, nos ofrece un México que sirve como escenario de ejecuciones, crímenes atroces, psicosis social y un sistema político que se ampara en el ominoso poder de los medios de comunicación. Por otro lado, se despliega ante el lector la vida de Emarvi, un escritor en ciernes que trabaja para una editorial pequeña, nativo de Durango, avecindado en Culiacán desde muy chico. La captal sinaloense encarna ese bastión inexpugnable donde los criminales y su entorno navegan sin trámite, de la mano de un corrido, a los niveles de la épica sustantiva. La historia transcurre entre esta ciudad y el DF, una ciudad convulsionada por las marchas y protestas que defienden a un político popular de izquierda, llevado de la mano por los dueños del poder en México, la televisión, a la picota social, acusado de todo tipo de vejaciones. El relato de Geney nos permite ubicarlo, en el tiempo, en una suerte de escenario expandible entre la guerra calderonista y el reposicionamiento de la violencia atroz en la vida doméstica del defeño. 
Emarvi, a pesar de su potencial como intelectual y creador, está al borde de un colapso debido a su incapacidad para vivir rodeado de dudas, descalabros amorosos, culpa soterrada. Es a partir del secuestro de su hijo cuando el personaje se desmadeja, emocionalmente,  hasta fundirse con esas dos realidades que le ofrece ela historia: la Ciudad de México, capaz de ofrecer sus perfiles más retorcidos y siniestros, y Culiacán, la ciudad que adoptaron sus padres y donde su madre quiere llevar a buen puerto una casa nueva, luego del suicidio del jefe de la familia y la muerte de una hija. Culiacán representa la ciudad ignorante, sumida en el fango de esa vida criminal opulenta y visible, capaz de sacralizar a sus próceres narcotraficantes, de salvaguardar sus formas de conducta e imitar sus gustos musicales y estéticos. Emarvi forma parte de esta violencia y la practica. Aunque dentro de él latan ideales que suenan absurdos, en el fondo no es más que una forma de ese paisaje convulsionado que diseñan tanto las malas noticias como la esperanza.
Cualquier cadaver es una novela que concentra, en un primer plano, una escritura vigorosa, sincopada, casi balbuciente que encuentra en el registro coloquial, en la oralidad del lenguaje, en los neologismos, en la proliferación del artículo como un elemento de proximidad lingüística, las mejores armas para desplegarse. En un segundo plano encontramos una escritura reflexiva, concentrada, crítica, puntual, que nos habla de la novela desde la novela y traza su universo narrativo casi en el plano de la consciencia del o los personajes. 
Se trata también de una novela conmovedora, rasgo que acaso corra por cuenta de los apuntes que va dejando Emarvi en un cuaderno, dirigidos a Adrián, su hijo, y que son la única forma de establecer un vínculo afectivo con él. 
El final es trágico, porque Mexico es trágico y los protagonistas de su presente nos movemos como el coro de este gran montaje colectivo.